Por: John Montilla
La primera vez que probé “la forcha” fue Jennifer quien me invitó.Bajo el inclemente sol de la ciudad, un señor recorría las
calles del barrio en una motocicleta; en la parrilla llevaba bien asegurado un
bidón plástico, al cual le había acoplado un grifo de similar material. En el
silencio de la tarde, pues parecía que hasta las lagartijas se habían escondido
para huir del calor reinante, se escuchaba claro el pregonar del acalorado
motociclista: “La forcha, la forcha, la forcha”.
No era la primera vez que escuchaba ese pregón, pero nunca
me había animado a comprar el producto ofrecido. Se lo dije a Jennifer;
entonces ella me ofreció:
—¿Quieres probar? —y llamó al vendedor.
La forcha es una especie de bebida espumosa y algo
fermentada, algo así como tomar espuma de cerveza fría. Con el calor de ese
día, no tuve reparos en tomarme un par de vasos. Luego continuamos en el arduo
trabajo que teníamos entre manos: estábamos pintando en el andén de la casa un
gran letrero mural que debíamos entregar al colegio en el que habíamos sido
asignados como practicantes.
Ella era Jennifer, mi compañera de práctica docente. No
éramos muy amigos antes; teníamos una relación cordial de compartir algunas
clases. Me la encontré en el camino conforme iba avanzando en mi carrera. Ella
era una chica muy guapa, que levantaba miradas cuando recorría el largo
corredor que da entrada al alma mater. El día que apareció en mi clase, algunos
de mis compañeros me comentaron: “Ella fue reina en un festival del San Pedro
de la ciudad”.
Y de repente allí estaba yo, andando de arriba abajo con la
reina, porque fuimos elegidos los dos para hacer nuestra práctica docente en el
mismo colegio. Más de una vez tuve que soportar la consabida frase: “Cuñado, me
la cuida”. Y yo, reído, solo atinaba a pensar una frase de Gabo: “Apártense,
vacas, que la vida es corta”.
Hicimos un buen equipo de trabajo; nunca tuvimos
inconvenientes entre los dos. Nos fue muy bien en esa práctica docente; tanto
así que me alcanzó para ser nominado entre los tres mejores practicantes del
semestre.
Desde entonces, hasta la fecha, mantenemos contacto y nos
saludamos. Yo escribo; sé que ella me lee.
Cuando sufrimos la tragedia de Mocoa, usando la batería de
un carro pude cargar el celular, y alguien me prestó otro un minuto para
publicar en Facebook que me encontraba bien y que necesitaba que me regalaran
una recarga porque estaba incomunicado. Jennifer estuvo entre las primeras que
respondió a mi llamado. Aún conservo el mensaje que ella me escribió:
—“¡Hola, Mocoita! ¿Cómo estás, my friend? ¿Tu familia, tu
hija? Deseo de todo corazón que estés bien, que esto haya sido bien lejos de tu
casa, no sin sentir tristeza por lo acontecido.”
Cierta vez que pasé por Pereira la llamé para saludarla,
pero se había ido de paseo a su tierra. Hace años no la he visto, pero el
aprecio y cariño ganados en nuestra época estudiantil aún se mantienen.
Y estas palabras las escribo para desearle un feliz
cumpleaños.
Un abrazo, Jennifer L. Ramirez.
***
John Montilla (25-II-2026)
Relatos de mis memorias
Imagen: Diario El Tiempo
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