viernes, 13 de febrero de 2026

LA NEGRA GLADYS

 Por: John Montilla

—“A esa negra ‘hijuetantas’, cuando la coja le voy a hacer lo mismo que le hizo mi hermano a otro negro que lo estaba molestando”.

¿Y qué le hizo? —le pregunté a Gladys. Y ella, seria, con su voz sonora y fuerte, siguió narrando la historia de manera orgullosa.

—Un día que mi hermano venía de la vereda con un racimo de plátanos al hombro, se encontró en la entrada del pueblo con otro negro que lo estaba esperando. Ese negro es grande como un toro, pero mi hermano también tenía lo suyo. Se agarraron a pelear y al final mi hermano lo dejó colgado de un alambrado.

Y se reía a carcajadas al contar el episodio a su manera. Nunca supe si eso fue verdad o no, pero me gustaba referirle el episodio por el gusto que me daba escuchar cómo lo contaba.

Esa era Gladys, una mujer grande, alegre, noble y leal por el lado de la amistad, y generosa dentro de sus posibilidades.

“En esta casa, cuando hay comida se come, y cuando no, se aguanta, hijuep#t4s”. Solía decirnos a nosotros, sus inquilinos.

Su vivienda era humilde, pero limpia. Lo que faltaba en lujos se compensaba con amabilidad, historias, chistes, bromas y risas. Recuerdo que por la pared empapelada con amarillentos periódicos se escuchaba correr, entre las rendijas de las tablas, a las salamandras en su cacería de insectos. Principalmente tenían a raya a las cucarachas y polillas. Yo por eso cuidaba a esos “pequeños dinosaurios” que, agarrados de las letras de las noticias, se desplazaban por las paredes de mi cuarto. Eso fue hace ya varios años, cuando iniciaba mi carrera docente.

Gladys se reía de todo, incluso hasta de sus desgracias. Alguien que la conoció más que yo la describe como “una negra feliz de ser negra, y que se reía de sus paisanos y de sí misma”.

—“Soy trompuda y qué —decía—, pero con un feo como yo no ando”.

Una de sus particularidades era que siempre estaba recalcando que tenía una pelea casada con una vecina. Nunca supe el origen de la rencilla. Pero ella disfrutaba por adelantado de lo que sucedería ese día. Cuando veía pasar a su rival por el otro lado de la calle de donde ella vivía, se relamía del goce por la futura pelea. De esas peroratas nunca olvido dos de sus magistrales expresiones exageradas que alguna vez soltó:

—“Negra &($#%&%?#” —dijo un día—, “cuando la coja, le voy a arrancar hasta los pelos del c...”.

Y soltaba su risotada; quienes la escuchábamos no podíamos evitar las carcajadas ante sus ocurrencias.

Una tarde soleada soltó la sentencia máxima de cuantas recuerde; quizás esa vez estaba de verdad de malas pulgas:

—“Negra &($#%&%?#” —dijo—, “cuando la agarre hasta Cristo va a venir a la novedad”.

Hasta ahora guardo esa frase de combate, y confieso que la he usado adaptada en ciertos contextos, porque me parece el culmen de todas sus exageraciones.

Gladys no era mala, al contrario, fue una persona bondadosa. Para su legendaria pelea, entrenaba más con la lengua que con los puños. Ese duelo que a mi entender estaba declarado desde tiempos inmemoriables; nunca ocurrió. Pero ella creo le encontraba gozo al imaginarla. De haberse llevado a cabo se hubiera terminado con una parte del torrente de sus historias. Quizás eso tan solo fue una metáfora que usaba para darse ánimos y seguir guerreando con la vida.

Hubo bastantes anécdotas y bromas pesadas, algunas inenarrables aquí. Debo confesar que cuando tuvimos que decirle adiós para ir por nuevos horizontes, hubo cierta nostalgia.

Hace años que no he vuelto a saber de ella, cuando la vea, la celebración va a ser tan grande que hasta Cristo va a venir a la novedad.

***


John Montilla (12-II-2025)

Relatos de mis memorias

Imagen: AI generated

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