Por: John Montilla
—“A esa negra ‘hijuetantas’, cuando la coja le voy a hacer
lo mismo que le hizo mi hermano a otro negro que lo estaba molestando”.
¿Y qué le hizo? —le pregunté a Gladys. Y ella, seria, con
su voz sonora y fuerte, siguió narrando la historia de manera orgullosa.
—Un día que mi hermano venía de la vereda con un racimo de
plátanos al hombro, se encontró en la entrada del pueblo con otro negro que lo
estaba esperando. Ese negro es grande como un toro, pero mi hermano también
tenía lo suyo. Se agarraron a pelear y al final mi hermano lo dejó colgado de
un alambrado.
Y se reía a carcajadas al contar el episodio a su manera.
Nunca supe si eso fue verdad o no, pero me gustaba referirle el episodio por el
gusto que me daba escuchar cómo lo contaba.
Esa era Gladys, una mujer grande, alegre, noble y leal por
el lado de la amistad, y generosa dentro de sus posibilidades.
“En esta casa, cuando hay comida se come, y cuando no, se
aguanta, hijuep#t4s”. Solía decirnos a nosotros, sus inquilinos.
Su vivienda era humilde, pero limpia. Lo que faltaba en
lujos se compensaba con amabilidad, historias, chistes, bromas y risas.
Recuerdo que por la pared empapelada con amarillentos periódicos se escuchaba
correr, entre las rendijas de las tablas, a las salamandras en su cacería de
insectos. Principalmente tenían a raya a las cucarachas y polillas. Yo por eso
cuidaba a esos “pequeños dinosaurios” que, agarrados de las letras de las
noticias, se desplazaban por las paredes de mi cuarto. Eso fue hace ya varios
años, cuando iniciaba mi carrera docente.
Gladys se reía de todo, incluso hasta de sus desgracias.
Alguien que la conoció más que yo la describe como “una negra feliz de ser
negra, y que se reía de sus paisanos y de sí misma”.
—“Soy trompuda y qué —decía—, pero con un feo como yo no
ando”.
Una de sus particularidades era que siempre estaba
recalcando que tenía una pelea casada con una vecina. Nunca supe el origen de
la rencilla. Pero ella disfrutaba por adelantado de lo que sucedería ese día.
Cuando veía pasar a su rival por el otro lado de la calle de donde ella vivía,
se relamía del goce por la futura pelea. De esas peroratas nunca olvido dos de
sus magistrales expresiones exageradas que alguna vez soltó:
—“Negra &($#%&%?#” —dijo un día—, “cuando la coja,
le voy a arrancar hasta los pelos del c...”.
Y soltaba su risotada; quienes la escuchábamos no podíamos
evitar las carcajadas ante sus ocurrencias.
Una tarde soleada soltó la sentencia máxima de cuantas
recuerde; quizás esa vez estaba de verdad de malas pulgas:
—“Negra &($#%&%?#” —dijo—, “cuando la agarre hasta
Cristo va a venir a la novedad”.
Hasta ahora guardo esa frase de combate, y confieso que la
he usado adaptada en ciertos contextos, porque me parece el culmen de todas sus
exageraciones.
Gladys no era mala, al contrario, fue una persona
bondadosa. Para su legendaria pelea, entrenaba más con la lengua que con los
puños. Ese duelo que a mi entender estaba declarado desde tiempos
inmemoriables; nunca ocurrió. Pero ella creo le encontraba gozo al imaginarla. De
haberse llevado a cabo se hubiera terminado con una parte del torrente de sus
historias. Quizás eso tan solo fue una metáfora que usaba para darse ánimos y
seguir guerreando con la vida.
Hubo bastantes anécdotas y bromas pesadas, algunas
inenarrables aquí. Debo confesar que cuando tuvimos que decirle adiós para ir
por nuevos horizontes, hubo cierta nostalgia.
Hace años que no he vuelto a saber de ella, cuando la vea,
la celebración va a ser tan grande que hasta Cristo va a venir a la novedad.
***
John Montilla (12-II-2025)
Relatos de mis memorias
Imagen: AI generated
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