jueves, 12 de marzo de 2026

JENNIFER

 Por: John Montilla

La primera vez que probé “la forcha” fue Jennifer quien me invitó.

Bajo el inclemente sol de la ciudad, un señor recorría las calles del barrio en una motocicleta; en la parrilla llevaba bien asegurado un bidón plástico, al cual le había acoplado un grifo de similar material. En el silencio de la tarde, pues parecía que hasta las lagartijas se habían escondido para huir del calor reinante, se escuchaba claro el pregonar del acalorado motociclista: “La forcha, la forcha, la forcha”.

No era la primera vez que escuchaba ese pregón, pero nunca me había animado a comprar el producto ofrecido. Se lo dije a Jennifer; entonces ella me ofreció:

—¿Quieres probar? —y llamó al vendedor.

La forcha es una especie de bebida espumosa y algo fermentada, algo así como tomar espuma de cerveza fría. Con el calor de ese día, no tuve reparos en tomarme un par de vasos. Luego continuamos en el arduo trabajo que teníamos entre manos: estábamos pintando en el andén de la casa un gran letrero mural que debíamos entregar al colegio en el que habíamos sido asignados como practicantes.

Ella era Jennifer, mi compañera de práctica docente. No éramos muy amigos antes; teníamos una relación cordial de compartir algunas clases. Me la encontré en el camino conforme iba avanzando en mi carrera. Ella era una chica muy guapa, que levantaba miradas cuando recorría el largo corredor que da entrada al alma mater. El día que apareció en mi clase, algunos de mis compañeros me comentaron: “Ella fue reina en un festival del San Pedro de la ciudad”.

Y de repente allí estaba yo, andando de arriba abajo con la reina, porque fuimos elegidos los dos para hacer nuestra práctica docente en el mismo colegio. Más de una vez tuve que soportar la consabida frase: “Cuñado, me la cuida”. Y yo, reído, solo atinaba a pensar una frase de Gabo: “Apártense, vacas, que la vida es corta”.

Hicimos un buen equipo de trabajo; nunca tuvimos inconvenientes entre los dos. Nos fue muy bien en esa práctica docente; tanto así que me alcanzó para ser nominado entre los tres mejores practicantes del semestre.

Desde entonces, hasta la fecha, mantenemos contacto y nos saludamos. Yo escribo; sé que ella me lee.

Cuando sufrimos la tragedia de Mocoa, usando la batería de un carro pude cargar el celular, y alguien me prestó otro un minuto para publicar en Facebook que me encontraba bien y que necesitaba que me regalaran una recarga porque estaba incomunicado. Jennifer estuvo entre las primeras que respondió a mi llamado. Aún conservo el mensaje que ella me escribió:

—“¡Hola, Mocoita! ¿Cómo estás, my friend? ¿Tu familia, tu hija? Deseo de todo corazón que estés bien, que esto haya sido bien lejos de tu casa, no sin sentir tristeza por lo acontecido.”

Cierta vez que pasé por Pereira la llamé para saludarla, pero se había ido de paseo a su tierra. Hace años no la he visto, pero el aprecio y cariño ganados en nuestra época estudiantil aún se mantienen.

Y estas palabras las escribo para desearle un feliz cumpleaños.

Un abrazo, Jennifer L. Ramirez.

***

John Montilla (25-II-2026)

Relatos de mis memorias

Imagen: Diario El Tiempo

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CINÉREO

 Por: John Montilla

Leí la obra postapocalíptica “La Carretera”, de Cormac McCarthy. Muy buena lectura que, entre otras cosas, me dejó la palabra “cinéreo”, con la cual escribí un poema en el que doy, de alguna manera, la definición; y si no queda claro, les tocará, como a mí, ir al diccionario.


CINÉREO

Caía la tarde sobre mi casa como un polvo cinéreo,

ceniza melancólica cubriendo el reloj, las horas, mi voz.

Iban los días descalzos por pasillos de sombra,

y el viento susurraba tu nombre con labios de frío.

Nadie respondía en las cenicientas ventanas del cielo;

solo la lluvia, lenta, tocando el vidrio de mi nostalgia.

Era tu ausencia un pájaro de hollín, posado en las frágiles ramas de la memoria.

Rondaba tu recuerdo en mi interminable noche,

como un eclipse atrapado en una vasija.

Entonces apareciste: una lámpara encendida dentro de una nube oscura.

Otra vez la luz:

y en mi corazón, que era ceniza,

volvió a brotar el fuego.

***

John Montilla (25-II-2026)

Divagaciones

Imagen: AI generated

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TERESA

 Por: John Montilla

Teresa tenía unos ojos muy bonitos, pero no fue eso lo primero que vi cuando la conocí.

Coincidimos en la biblioteca en una misma mesa un día que estaba muy concurrida. No recuerdo si yo hacía una consulta, leía por placer o simplemente revisaba los periódicos que llegaban a la universidad. Tenía la costumbre de pasar con frecuencia pidiéndolos para echarles una rápida ojeada.

Aquel día nos conectó la literatura. Ella leía un libro que yo ya conocía. En algún momento le hablé del texto y, al descubrir afinidades, la conversación fluyó con naturalidad: primero el libro, luego otros autores, después nuestras carreras. De la biblioteca pasamos a la cafetería. Así, de manera espontánea, comenzó una amistad. Siempre he creído que a las bibliotecas entran personas buenas.

Desde entonces, cada vez que coincidíamos en los corredores del alma mater, nos deteníamos a conversar. Una tarde me mostró un libro que llevaba en la mano: “El cuento y su relectura”, del maestro Luis Ernesto Lasso. Me explicó que él mismo dictaba la cátedra llamada “Taller de cuento”. Aquello despertó mi interés. Le dije que me gustaría ir a esa clase como estudiante asistente. Teresa respondió con sencillez:

-El profesor es buena persona, seguro te permite entrar.

Dio la casualidad que esa misma tarde, mientras conversábamos en las ágoras de la universidad apareció el maestro. Sin dudarlo nos dirigimos hacia él. Teresa nos presentó y le comentó mi interés en la literatura, en su libro y en su taller de cuento y allí mismo le pedimos que me autorizara entrar a su clase en calidad de asistente.  El maestro dio una respuesta afirmativa.

Desde esa fecha, a pesar de las responsabilidades que tenía con mi propia carrera durante el día, nunca dejé de asistir a su cátedra nocturna y por supuesto, tenía que ir preparado como un estudiante regular porque si no me hubieran echado de allí como un zapato viejo. El maestro era muy buena gente, pero muy exigente. De hecho, iba a esa clase, a veces más preparado que los estudiantes inscritos, aunque a mí no me daban ninguna nota por ello.

Daba gusto estar en esa clase. El maestro tenía una gran elocuencia para desgranar los cuentos, ponerlos en un contexto universal, nacional, regional y los terminaba llevando al aula de clase. Tenía un discurso, claro, crudo, fuerte, crítico; tanto así que a una chica invidente que grababa las clases solía decirle en tono jocoso:

- “Apague un momento esa grabadora hijita, que por lo que voy a decir puedo ir a la cárcel o me pueden echar de la universidad.”

Siempre me pareció admirable saber que había en la clase una estudiante ciega estudiando literatura. Su padre era su apoyo, su guía, y sus ojos. Él le leía los textos y libros en casa, me contó una vez. No pude presenciar el día de su grado, debió ser memorable. La falta de su visión no fue obstáculo en su vida. Le faltaba la luz de sus ojos, pero tenía un gran sol en su horizonte.

En cambio, Teresa sí tenía unos ojos muy bellos. Una mirada luminosa, un faro mientras yo aprendía a navegar en un mar de letras. Había calidez en su forma de mirar los libros, de detenerse en las palabras. Esos nobles ojos me llevaron hasta su clase de literatura, ampliaron mi propia mirada y alegraron parte de mi vida universitaria.

Tampoco estuve el día de su grado. No volví a saber de ella. Pero estoy seguro de que terminó enseñando literatura en algún lugar.

Eso hacían sus ojos:

iluminar caminos.

***

John Montilla (25-II-2026)

Relatos de mis memorias

Imagen: AI generated

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JENNIFER

  Por: John Montilla La primera vez que probé “la forcha” fue Jennifer quien me invitó. Bajo el inclemente sol de la ciudad, un señor reco...