Por: John Montilla
Les
voy a contar el “remedio casero” que hace ya varios años le aplicaba una de mis
vecinas a sus gallinas para quitarles la “culequera”.
Doña
Clelia, era ya una anciana cuando de niño la conocí. Por esas casualidades de
la vida terminamos siendo vecinos. Ella ya estaba instalada en el barrio cuando
nosotros llegamos. Su casa, contigua a la nuestra, era de madera y tenía
sembradas flores, muchas clases de flores. El frente de
su humilde morada era un jardín multicolor. Hasta muchos años después de su
fallecimiento permanecieron los vestigios de su jardín. Luego con el paso del
tiempo vi cómo tapiaban con cemento lo que antes fuera el patio de flores. Me
dio nostalgia. Ese era, creo yo, el último pedazo de tierra libre de concreto
en el frente de las casas de la vecindad.
En
otros tiempos, nuestra vecina también tenía flores en el patio interno de la
casa. Como los solares eran amplios, había hasta plantas de plátano y una que
otra mata de café, y menciono de manera especial a un inolvidable árbol de
naranjas que durante muchos años brindó sus frutos a propios y vecinos. Cuando
las ramas cruzaban a nuestro lindero bastaba con estirar las manos y agarrar
los frutos. Nuestros solares en aquellos tiempos estaban delimitados por
arbustos de flores, cercas de madera y un par de incipientes líneas de alambres
de púas. Lo cual no era suficiente barrera para que uno de niño rompiera
fronteras y fuera por las frutas vedadas. Debo subrayar que fueron más las
veces que gozamos subidos en el árbol de común acuerdo cuando la dueña nos pedía
que le hiciéramos la cosecha.
Esos
patios de antaño eran una especie de mini granjas, hasta cuyes y gallinas tenía
nuestra vecina, y aquí viene el punto central de estas memorias. Ella tenía una
forma no convencional de supuestamente quitarle la “culequera” a sus gallinas
para que volvieran pronto a poner huevos: Cuando una de sus gallinas estaba
“culeca”, ella la agarraba y dándose sus modos le amarraba a las plumas de la
cola un manojo de hojas secas de plátano. Las pobres aves salían corriendo
espantadas por el patio. Algunas se escandalizaban tanto que incluso salían
volando por encima de la cerca y huían desesperadas por la calle para
esconderse en algún rincón. Más de una vez nos pidió la anciana que le
ayudáramos a encontrar las aves fugitivas. Hoy, viendo las cosas en retrospectiva
me atrevo a afirmar que dicho “remedio” nunca fue efectivo y que por el
contrario sus pobres gallinas sufrieron de estrés y esto debió afectar en algo
su comportamiento natural. Quizás las infelices aves se hicieron daño al saltar
y volar asustadas huyendo de su cola intrusa y de unos chiquillos que iban
detrás riéndose de su desgracia.
La
anciana hace años partió de este mundo, menos mal que nunca llegó a saber que
su patio de tierra ahora es cemento y de sus flores ya no queda ni una sola.
***
John
Montilla (1-VII-2025)
Relatos
de mis memorias
Imagen:
Fotomontaje & Leonardo AI generated
jmontideas.blogspot.com
No hay comentarios:
Publicar un comentario